EL SILENCIO MASONICO

VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
M.·.M.·.

Saber callar no es menos que saber hablar, y esté último arte no puede apreciarse a la perfección sin antes habernos adiestrado en el primero, rectificando por medio de la escuadra de la reflexión todas nuestras expresiones verbales instintivas.

Tiene el silencio, cuando el pensamiento se refleja sobre sí mismo, un cierto sentido religioso. El que calla oye las voces que armónicamente habla en su interior. Apaciguados los sentidos y extinguida momentáneamente la comunicación con el interior, se logra una relación con el misterio de lo infinito, predisponiéndose a recibir las manifestaciones que emanan de las obras artísticas y filosóficas.

No hay duda de que las grandes producciones e investigaciones se han logrado estando sus autores encerrados en el silencio. De este estado anímico surgieron manifestaciones estelares del espíritu humano del silencio interior, del aislamiento, de la abstracción completa. El ruido externo no cuenta para el hombre que está encerrado en su mundo interior. Puedo mencionar el caso de Beethoven que produjo una de las más bella y geniales sinfonías de la música siendo sordo; como también a Cervantes que escribió las inmortales páginas de su Quijote en el aislamiento forzado de un calabozo.

En la antigüedad, el beneficio que produce el silencio fue comprendido por Pitágoras, quien expresó: “El silencio es obra más fecunda que los juegos malabares de tantas energías gastadas en discursos, que son un mar de palabras y un desierto de ideas". Es así que a los jóvenes que ingresaban a su escuela se les imponía cumplir un noviciado que duraba por lo menos tres años. Los noviciados estaban sometidos a la regla absoluta del silencio durante sus lecciones. No tenían derecho hacer objeciones a sus Maestros ni discutir sus enseñanzas. Debía recibirlas con respeto y luego meditarlas largamente y a solas. Para imprimir esta regla en el espíritu del nuevo oyente, se le mostraba una estatua de mujer envuelta en un largo velo y con un dedo sobre los labios, la Musa del Silencio. Pitágoras no creía que la juventud fuese capaz de comprender el origen y el fin de las cosas. Pensaba que ejercitarla en la dialéctica y razonamiento antes de haberle dado el sentido de la verdad, sólo podría producir cabezas huecas y sofistas presuntuosos.

Pero hay silencios de silencios. El silencio que no es impuesto a la fuerza y que nace del temor, el que valiéndose de represiones de cualquier índole amordaza nuestras palabras y no deja expresar libremente nuestros pensamientos, arrebata al hombre una de sus más preciadas, conquistas, la de expresar libremente sus ideas.

Sin embargo, los estados de concentración y de freno impuestos por la racionalidad a exaltaciones afectivas, hacen del silencio una palabra interior, una conversación consigo mismo, que convierte al hombre de ciervo de sus pasiones en dueño de si mismo.

Saber argumentar y saber conversar son cosas necesarias en nuestras relaciones humanas, pero esto poco sirve en circunstancias donde lo útil es precisamente callar. Para los masones el silencio encierra una gran virtud, es una concentración en nosotros mismos para adentrarnos con toda la fuerza de nuestro espíritu en la práctica de nuestra doctrina.

El silencio interior es necesario para absorber las enseñanzas masónicas. Lo que nos ayuda a desarrollar con mayor claridad las ideas y conceptos que se expone en las tenidas. En estas circunstancias las intervenciones deben llevar el sello de fraternidad y prudencia, evitando provocar amarguras y desilusiones que merman nuestro concepto de la verdadera virtud y que representan los ideales de la Fraternidad.

El silencio y la compostura que debe imperar siempre en todos los actos y reuniones masónicas debemos observar los masones en todo momento, ya sea en el mundo profano y dentro de nuestros templos donde debe existir una verdadera seriedad y orden que nos ayude a perfeccionar cada día nuestra piedra bruta.

La Masonería nos enseña a darle el valor justo y preciso al silencio. Los deberes masónicos figuran como una de las principales recomendaciones. Y una vez más nos enseña el camino para mejorar nuestra condición humana, pulirla y elevarla por encima de nuestros defectos y pasiones, para así convertirnos en personas más útiles a la sociedad, desarrollando al mismo tiempo los factores positivos de nuestra personalidad.

En silencio bien practicado se eleva al rango de virtud, gracias a la cual se corrigen muchos defectos, por lo mismo que se aprende a ser prudente e indulgente con las faltas que se observan. Por eso la Masonería simboliza con la llama, la cual debemos extender en silencio, una capa sobre los defectos de nuestros semejantes.

Debemos hablar sólo cuando por medio de nuestras palabras hacemos labor constructiva, contribuyendo a enmendar errores o a esclarecer conceptos. Sólo entonces cumple la palabra su cabal y perfecta misión vertiendo el consuelo y la luz en las almas. Es más, el silencio guardado en algunos casos puede encubrir malas acciones o pensamientos torcidos y, en ese caso, que debemos desterrarlo valientemente para encender la luz de la verdad con nuestras palabras.

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