LENGUAJE SIMBOLICO


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
M:. M:.

Es inviolable por su naturaleza y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los templos de la India, la Samotracia, de Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros tres grados, no comprende bien los símbolos ni explica su oculto significado. Podrá vanagloriarse con los títulos pomposos del maestro, hacer señas mas o menos extravagantes y pronunciar palabras judío-bárbaro-helénicas; pero no será nada, no sabrá nada que ignore cualquier mediana educación.

Es decir, en otras palabras, desde el inicio mismo, una de nuestras principales obligaciones como masones, quizá la más importante, es la de dedicarnos al estudio, la comprensión y la explicación del oculto significado de los símbolos que nos rodean heredados desde la más antigua antigüedad. Nuestra institución encierra un secreto oculto detrás de esos símbolos secretos que debemos llegar a conocer mediante el aprendizaje del idioma sagrado: el idioma simbólico.

Si observamos cuidadosamente lo que nos rodea, nos daremos cuenta, de que todo lo que se manifiesta en el universo es simbólico. La posición de las estrellas, la jerarquía y movimiento de los planetas, el sol y la luna, el día y la noche; la tierra, sus estaciones, los elementos que la componen, las variadas formas y cualidades de las piedras, los minerales y las plantas, así como el comportamiento y las funciones de las aves, los peces y todos los animales que habitan, son símbolos diseñados por las fuerzas de la naturaleza. También los colores, sabores, sonidos y por supuesto el humano son símbolos del universo.

Por otra parte, si observamos las manifestaciones culturales, nos daremos cuenta de que todas ellas son también simbólicas; los números, las letras, son símbolos de energías que se encuentran detrás de ellos. El arte, en todas sus manifestaciones, cuyos orígenes son sagrados, son siempre expresión simbólica de ideas sutiles inspiradas al artista por las musas. También los idiomas, pues cada palabra o conjunto de palabras son símbolos de alguna idea que ellas expresan.

Para el hombre antiguo, tanto la agricultura como la artesanía y hasta el comercio y la guerra, así como la construcción de ciudades, templos, habitaciones, carruajes y naves, incluyendo cada uno de los utensilios que usaban para la realización de sus oficios; todos los juegos que practicaba y en fin, todo lo creado por la naturaleza y el humano fueron símbolos vivientes de una realidad que trascendió.

También los antiguos sabían que las verdades más altas llegan a nosotros a través de los símbolos y que los hombres podemos utilizarlos como vehículos de conocimiento, que si conducimos adecuadamente nos llevará precisamente a la comprensión de esas verdades.

Todas estas órdenes de la existencia son armónicas y se dice que esta armonía, a la que nuestros símbolos masónicos nos habrán de llevar, es así mismo un símbolo de la unidad universal, de la cual todas estas órdenes provienen, y a la que toda la creación finalmente retorna.

El hombre, desde su origen mismo, ha vivido en función de los símbolos que lo rodean, pero a partir de la entronización del racionalismo durante esta época que algunos actores tradicionales llaman “Del Oscurecimiento Creciente”, el hombre occidental pareció olvidarlos casi por completo, y se abocó de lleno al desarrollo, la especialización y la manipulación de las ciencias empíricas y técnicas, llevado por una ilusión de progreso indefinido, cuyas últimas consecuencias ha sido la tremenda crisis que vive el mundo moderno.


Aunque la ciencia empírica y la psicología no es la materia que nos compete, resulta sin embargo interesante observar que aún esta ciencia moderna ha establecido con asombro que el hombre actual en el estado ordinario de conciencia, escasamente utiliza cuando mucho un 10 por ciento de sus capacidades mentales y emotivas; y lo que es aún más asombroso, recientes investigaciones psicológicas han logrado demostrar que la educación moderna que todos la hemos recibido, utilizando únicamente métodos racionales, analíticos y discursivos, no solo no despierta aquellas potencialidades dormidas sino que por el contrario, atrofia ciertas partes de nuestro cerebro que son precisamente aquellas que se activan cuando el humano se pone en contacto con energías superiores cuando se conectan con las musas que inspiran al artista o cuando comprende el lenguaje de los signos.

Esas investigaciones psicológicas han llegado a demostrar “empíricamente” que ciertas funciones del cerebro que se encuentran activivos en los niños, se van atrofiando a medida que van creciendo rodeado de prejuicios y condicionamientos que le impone la educación oficial que se imparte; y que únicamente se conservan estas facultades despiertas, en alguna medida en aquellos que mantienen contacto con el arte y con el símbolo.

También los psicólogos se han ocupado de observar, pretendiendo descubrir algo nuevo, que los mitos, los sueños y las leyendas afectan de modo sensible al psiquismo humano y que ciertos símbolos se repiten de tal manera en las experiencias de sus pacientes, que este hecho solo puede ser explicable si se considera que estos se encuentran en lo que ellos llaman el inconsciente o subconsciente colectivo y que otros autores llaman con más propiedad la memoria colectiva de la especie humana.

Hoy día a nadie cabe duda de que los símbolos ejercen en el humano un gran poder transformador. Basta observar la influencia determinante que ejercen en el hombre moderno la publicidad y propaganda a través de los medios de comunicación donde se reproducen sistemas simbólicos, los resultados son elocuentes, muchos creen que es la realidad misma y así podemos darnos cuenta de que el ser humano posee una naturaleza tal que es sensible a los símbolos; que estos pueden actuar sobre nosotros y afectar de modo determinante nuestra conducta.

Para adentrarnos en el lenguaje simbólico, en primer lugar es necesario distinguir dos clases de símbolos que corresponden de manera precisa a dos aspectos de la realidad y a dos maneras de encarar la vida: los sagrados y los profanos.

Los símbolos sagrados, según nos dicen expresamente aquellos que nos lo han legado, han sido revelados al hombre; su explicación oculta fue transmitida por tradición (de boca a oído) a través de los siglos y se dice que sus orígenes se pierden en las noches de los tiempos.

Los símbolos profanos como los utilizados por la propaganda comercial y política, han sido por el contrario inventados por el hombre moderno, antiguamente no se conocían y modernamente se han generado y reproducido convirtiéndose en un instrumento más que contribuye al adormecimiento de la gente.

Los símbolos sagrados son exactos y su contenido se encuentra expresado de una manera precisa en las distintas formas que adquieren; los profanos en cambio no tienen ningún contenido claro ni preciso y muchas veces son engañosos, pues exteriormente manifiestan cosas que interiormente no contienen.


Nosotros nos manejamos únicamente con los primeros, pero no podemos dejar de observar los segundos, pues debemos aprender a distinguirlos claramente y también porque estos últimos nos ayudarán a desentrañar los signos de los tiempos que nos ha tocado vivir; por otra parte, es necesario distinguir dos aspectos opuestos y complementarios que también corresponden a dos maneras de encarar la realidad: lo exotérico y lo esóterico.

El primero se refiere a lo externo, a la forma que el símbolo toma para expresarse sensiblemente, a su manifestación visible. El aspecto esotérico indica más bien lo interno, el contenido oculto en el símbolo mismo, la idea-fuerza o la energía inmanifestada e invisible que detrás del símbolo se encuentra.

En el símbolo sagrado el aspecto exotérico no es de ninguna manera arbitrario ni casual, por el contrario, obedece a ciertas leyes exactas y precisas y por esto decimos que ambos aspectos se complementan: porque la manifestación externa del símbolo es la que trae al orden sensible aquello que pertenece a un orden superior a lo cual podemos llegar si logramos atravesar o traspasar el mero aspecto formal.

Lo esotérico pues es anterior y por lo tanto jerárquicamente más alto que lo exotérico, y es a ello a lo que el lenguaje simbólico, bien entendido, nos debe conducir, pero el aspecto externo es más bien necesario para que el símbolo se exprese a nuestro orden sensible, velando su contenido a quienes no tienen ojos para ver lo interno de las cosas, pero más bien desvelando o revelándolo a los que si están capacitados para ver.

De esta manera lo exotérico puede variar al expresarse en los variados ordenes de la existencia o en las distintas culturas; pero lo esotérico se mantiene invariable de la misma forma en que una idea puede ser expresada en varios idiomas sin que su contenido se altere.

Si observamos los símbolos exclusivamente desde el punto de vista exotérico, encontramos variadas formas de expresión simbólica en las distintas manifestaciones del universo y en los diversos pueblos; podremos, como lo hace la ciencia moderna archivarlos, exponerlos en museos, enciclopedias y hasta llegar hacer eruditos conocedores de los mismos, pero no podremos llegar hasta el verdadero conocimiento y comprensión.

Si, por el contrario los abordamos desde el punto de vista esotérico, más bien nos daremos cuenta de la identidad de todas las culturas verdaderas; podremos observar como símbolos y sistemas simbólicos en apariencia muy diferentes, pueden ser sin embargo idénticos en su contenido, y como la síntesis que se obtiene mediante las adecuadas relaciones entre los distintos ordenes de la existencia y entre los variados sistemas simbólicos de todos los pueblos, es lo que nos conduce a la verdadera comprensión y conocimiento de las energías secretas que detrás de los símbolos se ocultan.

Sin embargo es necesario hacer la observación de que lo esotérico nada tiene que ver con lo mal llamado ocultismo, ni mucho menos con las prácticas llamadas hechicerías y la superstición como algunos estarían tentados a creer, sino que por el contrario nos conduce más bien a lo más profundo de los misterios de la creación, ocultos en el interior de nuestra propia conciencia.

Nuestra Institución hace derivar sus orígenes de los centros iniciáticos de la antigüedad a través de los cuales se transmitió el lenguaje simbólico hasta nuestros días. A la masonería le ha correspondido, durante los últimos siglos la delicada función de ser, en occidente, el guardián de estos símbolos y transmitir su profundo significado.

Nuestra obligación pues es la de resguardar los símbolos y rescatar su sentido original y primitivo, no con el objeto de aumentar simplemente nuestra erudición, sino más bien para aplicar este conocimiento a la vida.

El lenguaje simbólico tiene el poder de actuar en la vida cotidiana y se dice que quienes se acercan a él de la manara adecuada podrán observar dentro de sí mismos la profunda acción transformadora ejercida por la energía que se encuentra detrás de nuestros símbolos tradicionales.
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